Los chicos de cuarto grado compartieron la
lectura de esta y otras leyendas. A partir de las mismas empezamos a
preguntarnos de dónde surgían, si tenían un autor, qué nos contaban, en qué lugares transcurrían…
LA LEYENDA DEL LAGO LÁCAR Y LA GUERRA DEL PERRITO. (Leyenda Mapuche)
Chocorí, el famoso guerrero de la falda oriental de los Andes –padre del renombrado Sayhueque- supo de una bellísima koñilafken, una sirena que, a orillas del lago Lácar, seducía con su canto. Era blanca, de cabellos de oro, y se peinaba lentamente... mientras cantaba.
(Algunos piensan que terminó por convertirse en una bandurria baya, ya que la piedra sobre la que cantaba fue llamada más tarde, por los huincas la roca de las bandurrias, porque allí anidaban estas aves...)
Pero entonces la belleza de la koñilafquen atraía a tehuelches y mapuches, aunque nadie había podido verla de cerca: las canoas se estrellaban contra las rocas cuando se acercaban demasiado.
¡La quiero en mi toldo! - exclamó un día el lonko Chocorí-; ¡no tengo una cautiva que me cante!
Y envió a tres guerreros con la orden de apresarla. Éstos ya se acercaban a la joven... cuando ella los descubrió y saltó al lago. Y, ¡oh, sorpresa!, lo cruzó caminando sobre las aguas, para perderse al pie de la Trentrén, la montaña de la creación...
Los enviados regresaron con las manos vacías y, ante la incredulidad de Chocorí, la machi más sabia de los indios manzaneros profetizó: los tres guerreros perderían pronto su vida a causa de un kiltru, uno de los lanudos perritos de los mapuches, y el lonko Chocorí, por su mala acción, sufriría duro castigo.
En esos días había cruzado la Cordillera -desde Chilimapu, las tierras de Chile - un grupo de mapuches en busca de sal. Cuando volvían, uno de ellos notó que le faltaba su kiltru muy querido. ¡Cómo abandonarlo! Regresó y lo encontró atado, en poder de un pehuenche servidor de Chocorí, que no sólo se negó a devolverlo, sino que peleó con el mapuche hasta matarlo.
Los compañeros de la víctima volvieron a su tierra donde denunciaron el crimen, y Venancio Konhuepan, lonko del mapuche muerto, cruzó con sus hombres la cordillera para vengarlo.
Al pie del pillán Lanín se toparon con los guerreros de Tocorí, y la derrota fue dura para los manzaneros: entre muchos otros, cayeron los tres jóvenes que habían querido apoderarse de la koñilafquen. Y Chocorí, hasta entonces invencible, tuvo que aceptar la superioridad de los mapuches. Pero la paz se hizo, al fin, después de un prolongado parlamento.
Les dejamos otras leyendas para leer...
MANDI-Ó (Leyenda Guaraní)
Mandi-ó era una niña fea, alta y delgada. Tenía manos grandes con dedos largos. No jugaba con los otros chicos de la selva. Se quedaba paradita, mirando como si quisiera hacerlo, pero no lo hacía.
-Mandi-ó, algún día vas a echar raíces- la regañaba su mamá. Y su papá la retaba porque no acompañaba a su mamá cuando salía a buscar frutos silvestres. Recordemos que en aquellos tiempos remotos la gente no conocía la agricultura y sufría grandes hambrunas: solo se alimentaba con los productos de la caza y de la pesca (tareas a cargo de los hombres) y con los frutos de la selva que las mujeres recogían con la ayuda de sus hijos.
Pero Mandi-ó, siempre triste y avergonzada por su fealdad, se negaba a acompañar a su mamá y a sus hermanitos en esas salidas. Ella siempre se quedaba en la entrada de la tekoá, la aldea que su padre había construido, en un claro de la selva.
Un día Tupá, el Dios de los guaraníes, se apiadó de ella. En sueños le dijo lo que debía hacer para si quería ser importante para toda su gente, le dijó que gracias a ella la gente se alimentaría mejor…
Sólo era preciso que algún rayo incendiara un sector de la selva, con lo que se haría un claro en la selva y cuando el terreno quedara despejado ella debía ir allí, para cavar un hoyo y meter en él sus pies. Eso sí, debía pedirles a sus hermanitos que la buscaran al día siguiente. Y así fue como lo hicieron.
Cuando todos salieron en busca de Mandi-ó, en el centro del el alimento. Mientras tanto, la misma planta viajó con los tupíes hacia el norte, cruzó el caudaloso Amazonas y, ya en la meseta de las Guayanas, fue adoptada por los caribes quienes la llevaron a las Antillas con el nombre de yuca. Desde entonces, la yuca o mandioca alimenta a millones de americanos, a quienes brinda la fariña, la tapioca y el sabroso pan de cazabe. Claro vieron una planta desconocida hasta entonces: un arbusto muy verde, de casi dos metros de altura, con grandes hojas en forma de manos y dedos bien largos. Cavaron para desenterrar los pies de la niña; pero en su lugar sólo encontraron gruesos tubérculos.
Era la mandioca, planta originaria de esas tierras, cuyo cultivo se comenzó a realizar en claros abiertos a propósito, con hacha y fuego. Desde entonces, los tubérculos de la mandioca fueron utilísimos porque la Mandi-ó o la mandioca acompañó a los guaraníes en su larga migración hacia el Sur, asegurándoles siempre.